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mayo 29, 2010

Capítulo 2


Dejé mi mochila en el hostel sin imaginarme que horas más tarde conocería a un tal Néstor, que llegaría a la comisaría, que tendría que correr por una calle oscura, que revelaría un engaño nacional, que me haría pasar por periodista, y que me pararía en las vías del tren.
Decidí pasear un poco por mi ciudad que no pisaba hacía ya varios años.
Encontré todo erosionado, los edificios, las caras y hasta el aire de ciudad importante que supo tener.
El cielo amenazaba con lluvia y una enorme nube negra se expandía como una colonia de hongos.
Caminé hasta un conocido cafecito que tiene un sótano donde se planearon revoluciones que no llegaron más lejos que de un par de esquemas en un pizarrón.
-Un café con leche. –Pedí.
El café llegó de inmediato.
-Yo te conozco. -Dijo una voz a mi derecha.
Era un tipo con la piel como de cuero, nariz aguileña, una enorme panza y las patitas flaquitas.
-No, se equivoca. -Respondí y volví a mi café.
-Yo la conozco. -Insistió.
Afuera empezaron a caer las primeras gotas de lluvia.
-No. -Esa vez fui mucho más seca.
-¿Nueva en la ciudad? -Preguntó.
-Sí y no, de regreso.
-Lo suponía, ¿usted venía en el tren que llegó a las ocho cuarenta?
-Sí, ¿cómo lo sabe?
-¿Usted lo vio?
-Sí, lo vi. Pobre tipo, suicidarse siempre me pareció cobarde.
-Créame, no es tan grave.
-¿Cómo que no?
Afuera estalló la lluvia a baldazos.
-Voy a estar un rato más acá, hasta que la lluvia se detenga. -Confesé
-Y yo también, y ya que estamos voy a explicarte que lo que viste no es tan grave.
-¡Un tipo perdió la vida! ¡No puede decirme que no es tan grave!
-¿Sabe quién es? –Preguntó.
-No, no sé quién era… -Respondí.
-Disculpe, pero la corrijo: usted no sabe quién es.
En pocas palabras me explicó. Cuando terminó le dije que muchas gracias, pero no creía en boludeces tan grandes.
Me puse en pie y me dirigí hacia la puerta.
-Yo te conozco… ¿tu padre está bien? ¿Sigue haciendo trampas en el poker?





Para entender este capítulo hay que leer esto (clic)

mayo 15, 2010

Capítulo 1

El viaje en tren me estaba pudriendo, y la idea de ver vaquitas clonadas pastando durante los siguientes doscientos kilómetros empeoraba la situación. En la ventanilla pasaba la clásica postal de campo. Yo nunca había visto algo igual culpa de ser un bicho de cuidad; no tenía idea que en el campo el sol se desenchufa más tarde por no haber edificios que eleven el horizonte. En mi mundito particular mi oxígeno era el humo de los autos y motos, mis montañas fueron los edificios altos, las cavernas los subtes, el desierto el asfalto caliente de las autopistas, los árboles el tendido de cables, los ríos eran ese hilo de agua que corre al costado de las veredas, las espinas los alambres de púas que cercan a casi todas las casas abandonadas, esos cardos rusos que van por los áridos desiertos fueron las bolsas de plástico que vagan kilómetros de igual manera, las cebras los cruces peatonales, las malezas las bolsas de basuras, y los bichos venenosos los peatones equilibristas de las veredas.
Dejando de lado todo eso, el libro que elegí para leer durante el viaje no me atrapaba en absoluto.
Di un paneo general y noté que los pasajeros charlaban entre ellos. Quise escuchar pero no logré rescatar más que un par de comentarios.
“Seguro que aparecerá”
“Nunca lo suspende”
Al regresar la vista al libro me encontré con una mosca se posada sobre las hojas. Cerré rápidamente el libro. Esperé unos segundos y lo abrí. Ahí estaba el cadáver finito de la mosca. “Eso le pasa por meterse en una historia que no le corresponde”
Estábamos por entrar en una curva amplia cuando todos, y si digo todos me refiero a todos, los pasajeros del tren empezaron a gritar “Nueve… Ocho… Siete”
Por la ventana vi a lo lejos que un hombre estaba parado en las vías.
“Seis… Cinco… Cuatro…” gritaba los pasajeros que se agolpaban a las ventanillas para mirar a ese tipo que no se movía de las vías.
"Tres... Dos..."